† El Metropolita Iosif
CARTA PASTORAL PARA LA NATIVIDAD DEL
SENOR 2004
a todo el clero, a los monjes
y al pueblo ortodoxo
de toda la metropolía
“Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo
impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de
los Cielos”
Mt. 19:14
Reverendo Padre,
Queridos fieles,
Hemos pasado este año, aún en época de ayuno y
oración, el tiempo de preparación a la gran fiesta de la
venida al mundo del Salvador Jesucristo, el Hijo de Dios, el que es “de
la misma naturaleza del Padre”. Él es el Verbo vivo de Dios,
“por quien todo fue hecho”, como confesamos en el Símbolo de la
fe. Nos preparamos para poder recibir de nuevo la buena nueva de la
Encarnación de Cristo y para comprender este misterio de
misterios que se nos ha revelado, el misterio de la bondad de Dios:
más concretamente, el misterio de Dios que se hace Hombre a
nuestra semejanza, según la naturaleza humana, para elevarnos a
nosotros a su semejanza por la gracia, que en la Encarnación,
derrama sobre nosotros y sobre toda criatura. El Cristo viene hacia
nosotros, en la humanidad, para revelar al Hombre cómo acercarse
al Reino de los Cielos que Él trae al mundo mediante su
nacimiento de la Virgen María. Lo trae al mundo, pero
también a nuestras almas: “el Reino de Dios ya está entre
vosotros” (Lc 17: 21).
Por la palabra que dejó a los apóstoles, a los
discípulos y a todos los que iban a creer en Él, palabra
contenida igualmente en el Evangelio, Cristo nos prepara para recibirlo
entre nosotros y en nuestro interior como al Reino de los Cielos en
persona.
De hecho, toda nuestra vida, desde el nacimiento y el bautismo hasta la
muerte, es una preparación para el gran reencuentro, cara a
cara, primero con Cristo, luego con el Padre celestial, con Dios
glorificado en la Santa Trinidad. En la cuaresma de Navidad, vivimos la
preparación para acoger y encontrarnos con Cristo como imagen y
anticipo del encuentro último con el mismo Cristo que
vendrá a juzgar al mundo, y a mirarnos a cada uno cara a cara.
Nos preparamos y luchamos, mediante el ayuno y la oración,
confesando nuestros pecados, a fin de ser revestidos en nuestra alma
con unas vestiduras puras e inmaculadas. Y por eso viene al mundo ahora
el niño Jesús: para traernos la paz, el perdón y
la purificación de nuestros pecados y la alegría.
Sabemos que nuestra alma se purifica de la incredulidad y del pecado no
sólo por nuestro propio esfuerzo, sino sobre todo por la gracia
que el Recién Nacido derrama sobre nosotros y dentro de nosotros
mediante el Espíritu Santo como un don gratuito. El Cristo nos
perdona como Dios verdadero y Hombre verdadero que es, y su
perdón es total. Nosotros necesitamos esta purificación
para poder ser capaces de ver y recibir a Cristo con los ojos del alma
y con la fe.
De domingo en domingo, así como en cada fiesta, damos gracias a
Dios por regalarnos su perdón, por todos los dones que ha dado a
nuestra alma y a nuestro cuerpo y que nos ha revelado por su Hijo en su
Santa Iglesia: nosotros bebemos y nos alimentamos de ella desde la
más tierna infancia.
No olvidemos que Dios nos hace igualmente partícipes de otro
don, inapreciable para el Hombre: los niños. “Dejad que los
niños vengan a mí, y no se lo impidáis, porque de
los que son como éstos es el Reino de los Cielos” (Mt. 19:14),
nos exhorta el Salvador, queriendo así decir que Él nos
confía a nosotros un niño para que nosotros se lo
confiemos a Él. El niño que nace de nosotros no es
simplemente fruto de un encuentro o de nuestro propio deseo, sino que
viene por el don de concebir hijos, don implantado en nosotros por Dios
mismo, ya que estamos hechos a su imagen y somos co-creadores con
Él. El primer don que nosotros ofrecemos a Dios al recibir al
niño en la familia es el bautismo – nuevo nacimiento, „del agua
y del espíritu” – mediante el cual nuestro hijo es afiliado, es
decir, que se convierte igualmente en hijo de Dios.
Muchos niños nacen hoy en nuestras familias. Nosotros los
llevamos a la Iglesia y los bautizamos. Pero después no dejemos
de hablarles de Cristo y del lugar que tienen con Dios. No pensemos que
es suficiente con haberlos bautizado y que ya conocerán ellos
solos a Dios más tarde. Si nosotros mismos no los educamos con
el amor de Dios, luego les será difícil descubrir ese
amor por sí mismos.
Para cada uno en particular y para todos nosotros, nuestro Padre
celestial envía al mundo a su Hijo a fin de que nos prepare para
la Vida. También nos ha dejado a la Iglesia. ¡Cristo nos
prepara! Pero a su vez nosotros tenemos el deber de preparar a nuestros
hijos para acercarse a Dios. Enseñémosles que, en el
Cristo que nace, nos es dado el privilegio de encontrarnos con el Dios
verdadero, el Padre celestial que se encuentra y que se nos revela, no
en el amor propio, egoísta, sino en el don de sí mismo.
El amor propio parece ser hoy en día uno de los pecados
más graves y complejos con los cuales el Maligno consigue un
gran poder sobre el mundo. El egoísmo, el odio al
prójimo, la autosuficiencia, la indiferencia ante las
necesidades y el sufrimiento del que está a nuestro lado, el
enriquecimiento sin límite, la ausencia de piedad, así
como los pecados corporales y muchos otros pecados que acarrean la
muerte espiritual, vienen del amor propio sin Cristo. El amor propio se
desarrolla y se instala en el ser humano desde la infancia, porque los
padres no enseñan a sus hijos que todo lo que tienen y todo lo
que son provienen primeramente de Dios de forma gratuita, sin
ningún mérito de nuestra parte. Sólo Cristo nos
prepara y nos da el poder, a causa de lo que Él es (el Hijo de
Dios), de superar esta debilidad y vencerla. Y además,
¿cómo podríamos hablar a nuestros hijos de amor y
de don hoy en Navidad (que es la fiesta del don) sin hablarles del don
de sí mismo que hace Cristo? Hagamos regalos a nuestros hijos y
enseñémosles a hacer regalos, pero digámosles que
el regalo no es más que un signo del don de sí mismo con
el que Cristo nos da ejemplo mediante su venida al mundo. Cristo nos
trae otra manera de amarnos a nosotros mismos, y otra forma de
renunciar al amor propio: conociéndolo a Él, a Cristo, y
viviendo con Él en nuestra alma. ¿Podemos verdaderamente
preparar a nuestros hijos de esta manera para la vida y para la lucha
contra el mal exterior y del alma? ¿Podemos prepararlos para la
salvación? He aquí la pregunta que la Iglesia plantea a
la familia, a los padres cristianos. En todos lados, los servidores de
la Iglesia están cerca de los padres para ayudarlos y para
ponerse a su servicio en la educación y en la transmisión
de la fe al niño bautizado. ¡Ayudémosles y
trabajemos con ellos en la educación de nuestros hijos!
En el establo de Belén, Cristo nos trae la Vida más alta
que la vida, la Luz más alta que la luz, la Verdad más
alta que toda verdad. Él se hace nuestro Camino, nuestra Verdad
y nuestra Vida. Alimentemos a nuestros hijos con el alimento de nuestra
fe, preparándolos desde ya a la vida que les espera aquí,
en este mundo, sin olvidar que la vida de aquí abajo nos prepara
para la del Más Allá cuya puerta nos es abierta por
Cristo mediante su nacimiento hoy en el mundo.
Os deseo a todos unas felices fiestas y un año nuevo lleno de la
alegría y la bendición de Dios. ¡Felices fiestas a
todos!
† E l M e t r o p o l i t a I o s i
f
París, Natividad del Señor 2004